Manos creadoras embellecen la naturaleza
- Escrito por Niurka Rivero Navarro/ Editado por: Bárbara Cortellán Conesa
- Publicado en Gente de Pueblo
Feb, 2015.- Un hombre humilde labora como jardinero. Su timidez delató el nerviosismo en el tiempo de la entrevista. La voz pausada se entremezcló con el sonido de la tijera que utiliza para podar las plantas y facilitó naciera la expresión sana, verdadera. Él es, Juan Mendoza Martínez, granmense nacido en Bartolomé Masó el 27 de enero de 1959 que al cumplir los 25 años de edad optó por trasladarse a Guáimaro, ciudad donde vive.
Periodista: ¿Qué recuerdos atesora Juan de su infancia?
Juan Mendoza: Mi familia era muy pobre. Nunca olvido las conversaciones con mi padre, Valerio Mendoza, hombre apasionado por el trabajo. Ese ímpetu lo heredé y sus consejos me acompañan cada día. Mi mamá, Marina Martínez, falleció cuando yo tenía un año, pero mis nueve hermanos y mi papá me educaron. Aprendí del café y a criar animales, esa tradición me acompaña siempre, por lo que significa en mi vida y por lo que representa para el desarrollo económico del país.
P: ¿Por qué decidió trasladarse a Guáimaro?
J.M: Aquí vivía uno de mis hermanos que lamentablemente perdí hace poco. Cuando llegué, comencé a laborar en el sector de Comunales. Ves, mis manos y mi rostro dan fe de cuanto he trabajado, pero estas imborrables huellas me satisfacen porque sé, he cumplido, y aunque mi faena no haya sido la más grandiosa, con orgullo y mucho entusiasmo aporto a la belleza de los sitios históricos de esta localidad, de la cual me siento un hijo más.
P: ¿Qué representan en la vida de Juan los años, desde 1986 a 1988?
J.M: Significan mi mayor satisfacción. Cuando digo esto, mi familia me dice que estoy loco, sí, porque ese fue el período que cumplí como combatiente internacionalista en Angola. Conocí los horrores de la guerra, fui testigo de caravanas y emboscadas, experimenté acontecimientos muy peligrosos y creo que eso me ayudó a perder el miedo, a no arrepentirme, a colaborar y sobre todo, a sentir que la misión asumida sin titubear debía cumplirla con dignidad y honor.
P: ¿Qué descubre Juan en la jardinería?
J.M: El valor de mi trabajo. En las mañanas salgo de casa a conquistar el mundo, y lo conquisto, porque siento el cariño de las personas que me complacen con la tasa de café que tanto me gusta, halagan mis creaciones, sí, muchos expresan que mis manos son mágicas y sonriendo les digo, “mis manos no, mi tijera”. Así transcurren mis jornadas, bajo los intensos rayos del sol, en compañía del azadón, la tijera y la creatividad nunca puede faltar para hacer atractiva mi obra.
P: ¿La lección hasta ahora aprendida?
J.M: La vida depara alegrías, nostalgias. Existen afortunados en el amor, otros alcanzan méritos. Me enamoré y no resultó, no tuve hijos, vivo solo pero me siento satisfecho. Tengo amigos, la gente me quiere y admira lo que edifico con mis manos, cada obra que confecciono alimenta mi espíritu, soy un hombre común que ama el trabajo y le agradece a usted, haya dedicado parte de su tiempo para hacerme esta entrevista.

