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Infancia marcada por la penuria y la desesperanza

  • Publicado en Opinión

Historia real de una niña haitiana sumida en la incertidumbre y la pobreza.

Noviembre, 2016.- Safina Yang es el nombre de la protagonista de esta historia que no aparece en libros, ni en cuentos de ficción. Gracias al talentoso periodista santiaguero Cuzcó Tarradell avezado profesional de la pluma que cumple misión internacionalista en Haití, los seguidores del Noticiero Nacional de la Televisión Cubana, del martes 22 de noviembre de 2016, conocieron detalles conmovedores de la niña haitiana que fijamente mira al mar y añora el pronto regreso de su mamita adorada.

El azul del cielo se une al añil oceánico que, sereno y un tanto agresivo en instantes, recibe los rayos luminosos del sol siempre bondadosos aferrados a demostrar que a pesar de todo la vida es bella, pero esta reflexión no encuentra espacio en la existencia de Safina castigada por la pobreza extrema, el hambre, por el adiós eterno de su mamá fallecida a causa de graves afectaciones cardiácas.

Junto a sus tres hermanas comparte el pequeño local donde vive. Sus pies no conocen de zapatos, sí de heridas y rasguños, de la pesada arena marina que húmeda se torna más densa. Safina Yang hace un año que no va a la escuela, duerme en un colchón donde descansan todos los integrantes de su familia, entre ellos su papá, campesino leñador de las montañas que trabaja sin descanso para asegurar aunque sea una sola vez al día la comida de sus hijas.

Entre la incertidumbre de un mañana insegura y la posibilidad de no tener primaveras transcurren las jornadas de Safina, infante de la región más pobre de América Latina que rodeada de desvelos, lágrimas y hambruna, sueña con el regreso añorado de su madre.

En este enternecedor pasaje real un hálito de esperanza resplandece tan puro como la brisa del mar, pletórico de amor, ternura y solidaridad, esa que cultivan mágicamente los médicos cubanos. Hasta allí llegaron ellos para limpiar y curar las heridas de Safina, aliviar la más profunda, la de su corazón, atentos escucharon hablar a la pequeña y a sus hermanas. Esta experiencia resulta para todos inolvidable.

La pobreza y la miseria desgarran el derecho a la vida de una niña que no puede jugar con muñecas, ni degustar golosinas, ni abrazar a su mamá que silenciosa frente al mar, día a día, noche tras noche, dialoga con las olas y ante la pasión mostrada por los colaboradores internacionalistas de la salud, hijos de la isla mayor de las Antillas, accedió a posar ante la cámara para dejar registrada su conmovedora historia.

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