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Finlay: Su legado científico sigue siendo útil a la Humanidad

Científico cubano de Camagüey Carlos J. Finlay. Durante una buena parte de su vida, el eminente médico cubano Carlos Juan Finlay y Barrés (1833-1915) aceptó el reto que la indiferencia y el escamoteo malintencionado le impusieron y apostó, sencillamente, por el progreso de la ciencia y de la vida.

 

Su novedosa hipótesis  acerca de la transmisión de la fiebre amarilla mediante una especie de mosquito -hoy identificado como Aëdesaegypti-, presentada en la Real Academia de Ciencias habanera en 1881, fue en sus inicios tomada a la ligera.

Más tarde inescrupulosos expertos norteamericanos, al servicio de intereses hegemónicos, trataron de arrebatarle el descubrimiento de la nueva teoría.

Sin embargo, la comunidad científica que en principio dudo de la veracidad de sus ideas, desde 1938 decidió conmemorar en su honor cada 3 de diciembre, fecha de su nacimiento, el Día de la Medicina Americana.

La fiebre amarilla, también llamada vómito negro, resultó durante siglos uno de los males más temidos entre los habitantes de extensas áreas a ambos lados del océano Atlántico.

Enfermedad endémica en zonas tropicales de América y África, sus repetidos brotes afectaban a miles de personas, muchas de las cuales no lograban rebasar tal padecimiento.

En Cuba fue, junto con la tuberculosis, la principal causa de muerte de su población en épocas de la colonia.

Era diagnosticada, entre otros signos, por la presencia de ictericia que muchos pacientes exteriorizaban a través del color amarillo de su piel y mucosas, y por la hematemesis o vómito de sangre -de ahí provienen sus nombres genéricos de fiebre amarilla y vómito negro.

Su etiología fue motivo de grandes lucubraciones y diversas teorías entre los más distinguidos médicos del siglo XIX. La comunidad galena cubana no estuvo al margen de estos debates y pesquisas.

Los médicos en la Isla solían con frecuencia dividirse entre quienes sustentaban el contagio directo entre enfermos y sanos, y los que defendían como agentes causantes de enfermedades los factores existentes en el medio ambiente, como los llamados miasmas u otras condiciones peculiares de la atmósfera.

A este último razonamiento se vinculó, en la etapa temprana de sus investigaciones, el médico cubano Carlos J. Finlay y Barrés, a quien la humanidad debe, por tenaz, paciente y determinado en su búsqueda de la verdad, la brillante y crucial herencia de su descubrimiento científico.

Finlay nació el 3 de diciembre de 1833 en la ciudad de Camagüey. Estudió la carrera de Medicina en el Jefferson Medical College de Filadelfia, Estados Unidos, revalidó su título en la Real y Literaria Universidad de La Habana y perfeccionó conocimientos en Francia.

Ejerció como médico oftalmólogo y llevó a cabo importantes estudios sobre la propagación del cólera a través de las aguas en la capital cubana. Su ingreso a la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana se produjo en el año 1872, con la exposición de un discurso que contenía sus observaciones sobre la alcalinidad atmosférica practicadas en la ciudad.

Pero no fue hasta finales de esa década que comenzó a enrumbar su pensamiento hacia la posibilidad de encontrar el modo de transmisión de la fiebre amarilla, no a través del contagio directo o por agentes mórbidos presentes en la atmósfera, como él mismo había creído en otro momento, sino a través de la posibilidad de la existencia de un agente intermediario, o sea, la probabilidad de contraer el vómito negro por contagio indirecto.

En 1879, por su experiencia y prestigio científico, se desempeña como asesor de la primera Comisión Americana para los estudios de fiebre amarilla que viene a Cuba procedente de Estados Unidos, y puede analizar con detenimiento cortes de tejidos orgánicos de personas fallecidas por la enfermedad.

Entonces se inclina definitivamente hacia la idea de que el agente patógeno debía penetrar -ser inoculado-  en los humanos por vías de su piel, de la circulación periférica, y no por otras formas derivadas del contagio directo o por contaminación ambiental.

El mosquito, un insecto díptero, urbano y frecuente en las regiones afectadas, pasó a ser para el Dr. Finlay el aspirante número uno como propagador de la fiebre amarilla.

En febrero de 1881, en una Conferencia Internacional que trató en Washington problemas de sanidad, a la cual Finlay acudió como delegado, con modestia pero decididamente, expuso por vez primera en público su noción sobre la existencia necesaria del agente intermediario capaz de llevar el germen patógeno de una persona enferma a la sana.

Le faltaba aún definir cuál de las especies de mosquitos era el específico y causante, al cual terminó por identificar como la hembra del actual Aëdesaegypti, denominado anteriormente Culex.

El 14 de agosto de ese mismo año, ante el colectivo científico habanero, el Dr. Carlos J. Finlay expuso finalmente sus investigaciones; el trabajo que leyó ante los miembros de la Academia, fruto de su madurez intelectual -publicado luego en la revista de la corporación científica- ha pasado a la historia con el título de “El mosquito hipotéticamente considerado como agente trasmisor de la fiebre amarilla”.

Se trata de una obra que se concibe trascendental y única porque contiene, en esencia, los planteamientos de una teoría nueva para la ciencia, sustentada en el descubrimiento de un nuevo modo de transmisión de las enfermedades por un vector biológico, independientemente de referirse en ella al caso concreto de la fiebre amarilla. Este es el gran legado del médico cubano a la humanidad, el patrimonio que entregó a su país y al mundo.

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