Su cabellera blanca delata el paso del tiempo. La mirada entristecida no se esconde y prevalece ahí en el rostro arrugado, el mismo rostro que aún hoy se humedece con lágrimas de nostalgia, añoranza, satisfacción del deber cumplido.
Así recuerdo la imagen de Hortensia López Fernández, así viene a mi mente una y otra vez la imagen de la hermana de Antonio “Ñico” López Fernández, uno de los combatientes clandestinos de la lucha contra la dictadura batistiana, asaltante del cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo, y mártir de la expedición del Granma.
El hombre que hoy destaco en estas páginas nació el 2 de octubre de 1932 en la Lisa, entonces Marianao, en La Habana. Hijo de padres muy humildes oriundos de Sarria, Lugo, en Galicia, España, de los que heredó valores humanos imprescindibles: la nobleza, lealtad, rebeldía y honradez, la fuerza para luchar contra lo mal hecho.
Como todo ser humano Ñico también tuvo sueños pero su situación económica impidió que muchos de ellos se hicieran realidad. Fue monaguillo de una iglesia, mozo de limpieza de la tienda habanera El Machetazo, ayudante de albañil en la tienda Cadaví, de Monte y Cienfuegos y vendedor de ropa en una tarima del Mercado Único en la Habana.
A los 15 años ingresó a la Juventud Ortodoxa, a los 20 participó en el asalto al cuartel de Bayamo, a los 23 destaca como fundador del Movimiento 26 de julio y a los 24 se suma a los rebeldes protagonistas del desembarco del Granma.
Las acciones generadas en el oriente del país en el año 1953 contaron con el arrojo de Ñico, el patriota que no pudo ver a su padre, su adorado viejo, el mismo que burló la vigilancia de los agentes de la tiranía y logró refugiarse en la Embajada de Guatemala, el guerrero que aprendió de Fidel a prever las cosas.
Ñico, llamado cariñosamente por sus amigos “Sietepisos” debido a la dimensión de su estatura fue uno de los primeros cubanos que llamó Che al comandante guerrillero, tenía dotes de organizador y prácticamente sin experiencia supo preparar las prácticas de tiro de los grupos comandos de los sucesos de 1953.
Ñico López murió en Boca del Toro, el sábado 8 de diciembre de 1956, seis días después del desembarco. De él dijo Raúl Castro Ruz “Era incorruptible e irreductible”
En el 60 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada en Santiago de Cuba y Carlos Manuel de Céspedes en Bayamo el espíritu guerrero de Ñico López se agiganta, vale entonces cerrar este breve recorrido con palabras publicadas por el apóstol José Martí en La América, Nueva York en el mes de mayo de 1884:
“Los hombres han de vivir en el goce pacífico, natural e inevitable de la Libertad, como viven en el goce de aire y de la luz”.

