El expansionismo de la Administración de Donald Trump, que ya mostró su rostro en América Latina, fija ahora su objetivo en el extremo septentrional del hemisferio occidental.
Tras las agresiones contra Venezuela y la amenazante retórica hacia Cuba, México y Colombia, el presidente de Estados Unidos dirige su mirada hacia el Ártico. Una región que describe como “vital para la seguridad nacional” pero que esconde inmensas riquezas: importantes recursos minerales, tierras raras…, además de posición estratégica.
La idea, inicialmente planteada como una compra, evolucionó hacia una exigencia absoluta por parte de Trump, quien afirmó: “De una manera u otra, vamos a tener Groenlandia. Cualquier cosa menos que eso es inaceptable”. Su discurso se sostiene en la narrativa de una supuesta amenaza rusa y china, aunque altos funcionarios nórdicos declararon que no hay registros de una presencia militar de esos países en la zona.
Esta obsesión del actual inquilino de la Casa Blanca tiene una connotación especial y peligrosa: la isla es un territorio autónomo que forma parte del Reino de Dinamarca, miembro de la Unión Europea y de la Organización del Tratado Atlántico Norte (Otan). Sería entonces la primera vez que Washington amenaza abiertamente con atacar a un miembro de esa alianza, ya que Trump quiere anexarla militarmente si es necesario.
El no de los “aliados”
Ni las autoridades de Groenlandia ni las de Dinamarca aceptan las intenciones del mandatario estadounidense e insisten en que se respete su soberanía. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, advirtió que el uso de la fuerza supondría el fin del pacto transatlántico. Desde Nuuk, capital groenlandesa, el primer ministro Jens-Frederik Nielsen fue contundente en su discurso y afirmó que su pueblo elegiría a Dinamarca antes que a Estados Unidos.
El pasado 14 de enero, en una reunión en la Casa Blanca entre representantes estadounidenses, daneses y groenlandeses, el canciller danés Lars Løkke Rasmussen admitió un “desacuerdo fundamental”, algo previsible dada la firmeza de las posiciones.
Los aliados de Dinamarca en la Otan, incluidos los principales países europeos y Canadá, mostraron su apoyo, reafirmando que “solo Copenhague y Nuuk pueden decidir sobre su soberanía”.
En medio de la intimidación trumpista, países miembros de la Otan, entre ellos Finlandia, Francia, Alemania, Países Bajos, Noruega, Suecia, el Reino Unido y la propia Dinamarca enviaron un grupo de militares a Groenlandia, con el propósito, según declaran, de participar en los ejercicios conjuntos Arctic Endurance, lo que refleja el cauce que podrían tomar las tensiones existentes.
La respuesta de Trump no se hizo esperar. En un nuevo acto de presión y tratando una vez más de imponer sus condiciones, anunció el sábado 17 de enero que, a partir del 1.º de febrero, esos mismos “países aliados” que mandaron tropas deberán pagar un arancel del 10 % sobre todos los suministros al país norteamericano, advirtiendo que la tasa se incrementará al 25 % a partir del 1.º de junio del 2026.
La codicia trumpista prueba nuevamente que no tiene límites, esta vez en el Ártico, desafiando los cimientos mismos del orden occidental que durante décadas promovió la nación norteña. Estados Unidos deja claro que en su cálculo, ningún aliado está a salvo si se interpone en el camino de lo que considera su interés nacional.
