Feb, 2026.- Camilo Cienfuegos, Señor de la Vanguardia, héroe de Yaguajay, pero sobre todo, el hombre de la sonrisa luminosa y el sombrero que lo acompañó siempre. Su presencia no se limita a las páginas de la historia: se eleva a la categoría de mito. Ese sombrero de ala ancha, sencillo y campesino, se convirtió en emblema inseparable de su identidad. No era prenda de soldado ni insignia de guerra, sino símbolo de raíces humildes, de un espíritu nacido del pueblo. En él convivían la astucia del guajiro y la gracia natural del revolucionario que nunca perdió la frescura.
Llegó a la Sierra Maestra con juventud desbordante y sueños ardientes. Muy pronto se ganó un lugar irreemplazable junto a Fidel, irradiando confianza y afecto. Su valentía no se expresaba en rigidez solemne, sino en la chispa alegre que llevaba al combate. Ese sombrero ladeado parecía reflejar su esencia: firme en la misión, pero ligero en el alma.
La batalla de Yaguajay fue su momento decisivo. Allí mostró que detrás de la sonrisa había un estratega audaz, un líder capaz de transformar la esperanza en victoria. Su desaparición física detuvo el tiempo y fijó su imagen en la eternidad juvenil. El hombre partió, pero el símbolo quedó. El sombrero vacío se convirtió en metáfora poderosa: ausencia que se transforma en presencia perpetua. La consigna “¡Viva Camilo!” se fundió con la voz de Cuba.
Hoy, su estatua en La Habana y su perfil en los billetes recuerdan que los héroes también pueden ser cercanos, que la Revolución tuvo rostros de alegría y que la lealtad al pueblo es la virtud más perdurable. Camilo no es solo un nombre escrito en los libros: es el comandante que cabalgaba con el viento levantando el ala de su sombrero, el hombre que prefería la risa al discurso, el ausente que el pueblo se niega a soltar.
En definitiva, es el símbolo cuyo sombrero se hizo tan vasto como el cielo de Cuba, para que nunca dejara de proteger a su gente. Como dijo Fidel: en el pueblo hay muchos Camilos.
