Las situaciones difíciles sacan a flote lo mejor del ser humano. Incondicionalidad, entrega desinteresada y un humanismo sin límites están entre las principales virtudes de la protagonista de mi crónica, una mujer común, pero especial, de piel curtida por el sol y de una energía que se traduce en el continuo movimiento de sus manos al conversar.
Su nombre es Leocadia Ayala Quiñones, una cascorreña aplatanada por estos predios hace más de medio siglo, cuando se instalara por acá siguiendo los pasos de su gran amor, y el único de su vida, según afirma.
La casa de la Negra, como la llaman sus allegados, sirvió una vez más para albergar en su interior a dos familias con viviendas de frágil cubierta. No la une a ellos ningún lazo sanguíneo, pero si el de la amistad, y por sobre todo la solidaridad.
La casa de Leocadia ubicada en la calle Antonio Maceo en realidad no es muy amplia, pero si es sólida y confortable y su dueña siempre la ha brindado a quien la necesite en momentos como los vividos durante los huracanes Ike y Paloma, o ahora ante la presencia de Sandy.
Los ojos de esta cubana no se dejan abatir por el paso del tiempo. La Negra tiene ya 78 años, pero su mirada traduce su espíritu incansable y su inmensa bondad.
Son muchas las experiencias vividas por Leocadia Ayala Quiñones, su elogiable memoria nos acerca a historias de su niñez allá por tierras avileñas de donde es oriunda, nos cuenta de su amada familia: 3 hijos, 8 nietos y 4 bisnietos, quienes les alegran su existencia.
Sabe que en la vida no hay nada más importante que el dar y recibir amor de manera incondicional, por eso antes de partir y luego de la despedida me repite:….periodista, dígalo al seguro, aquí está la casa de La negra para lo que haga falta.

