Oct, 2015.- Llegar a la tercera edad es una suerte de vida. El envejecimiento reta a la eficiencia de los sistemas de salud y recreación y también a la comprensión de una sociedad privilegiada de contar con hombres y mujeres, dueños de una vasta experiencia que les permite enfrentar el difícil oficio de peinar canas.
En Cuba, los también llamados abuelos y abuelas, asumen la existencia con grandes responsabilidades, por esa razón sorprenden y convocan a continuar a las nuevas generaciones por el camino de la sabiduría, los valores morales, en defensa de la identidad, la cultura y la Revolución que hoy y siempre renace con el ánimo de trascender.
Un cubano de sesenta años y más, tiene en la isla, su vejez asegurada, de ello se encarga el Estado socialista.
La Central de Trabajadores de Cuba (CTC), en Guáimaro, por solo citar un ejemplo, cuenta hoy día con un estimable porciento de veteranos jubilados, reincorporados al trabajo, todos con alta calificación, aptos para enfrentar retos y compromisos importantes en procesos fabriles, instituciones educacionales, entidades de salud y en la construcción.
En la región más oriental de Camagüey, las personas de 60 años y más son reconocidas, los que carecen de familia, se reciben en los comedores comunitarios, allí se les garantiza el alimento. También en los dos Hogares de Ancianos, médicos, enfermeras, dietistas, integrantes del departamento administrativo y los técnicos deportivos, se ocupan y preocupan porque los longevos se sientan a gusto en los recintos que ellos afirman, les devuelven el alma al cuerpo porque los mantienen en acción.
Estudios investigativos arrogan que para el año 2020 serán mayores de sesenta años alrededor de dos millones 400 mil cubanos.
Cuba como nación, alcanza niveles insospechados en la atención a las personas conocidas popularmente como viejas y viejos, sí, las mismas que la obra revolucionaria les da el derecho de reivindicarse como gente, esa gente de pueblo útil y necesaria, imprescindible para crecer, obrar y triunfar.
En las familias, los centros de trabajos, barrios y comunidades, se les inculca a los abuelos y abuelas, catalogados por el maestro José Martí como monumentos que andan, el optimismo, poner al mal tiempo buena cara. Ser positivos en los juicios, de buen humor en las palabras, alegres de rostros, amables de ademanes.
Se les ratifica que se tiene la edad que se ejerce y lo más importante que la vejez, no es cuestión de años sino de ánimo.