Vender, sí; pero no a todo costo

Vender, sí; pero no a todo costo

Camagüey, 25 ago.- El país, la provincia, revisan costos y sus costos. No hay reiteración absurda, sino enfoques de un problema que arde en el candelabro popular, con “llamas” que salpican a toda la sociedad.

No se trata, como algunos lo “dibujan”, de una ofensiva implacable contra quienes componen lo que se ha denominado en llamar “nuevos actores de la economía”, una fuerza laboral que reúne a miles de personas en disímiles oficios.

Pero antes de analizar los desplazamientos para ese segmento social de cientos de miles de trabajadores, que bien pudiera devenir un análisis posterior, hay que “caer” obligatoriamente en algo imprescindible: el costo de los costos, y sus costos.

Las múltiples quejas, surgidas por un incremento casi despiadado en el valor de alimentos de primera necesidad en las estanterías de privados, llama a una impostergable reflexión sobre las razones de ese disparado precio de  alimentos básicos dentro de la canasta familiar.

Se sabe que la cesta normada lleva tiempo sin cumplir sus propósitos, más de lo que se quisiera, y ello obliga, ante la escasa oferta estatal, acudir irremediablemente a mipymes, proyectos de desarrollo local (PDL) y cuentapropistas, sin incluir a otros “exponentes” o gestores informales.

Entonces, por ahí comienza una de las causales del fenómeno actual: el inusitado protagonismo de quienes, más que interesarle la solución global, solo se preocupan en aumentar su bolsa monetaria, aunque ello implique el sacrificio para otros.

No generalizo, porque hay ejemplos positivos, y lo curioso: muchos van a adquirir productos en esos lugares, no ya para usarlos como sustento familiar, sino como mecanismo para llevarlos a otros emplazamientos y elevarles los precios. Sencillamente, encarecerlos.

Duele decirlo tácitamente: esquilmar al semejante.

Los principales surtidores, es decir, los mayoristas, imponen ciertas reglas que complejizan las distribuciones, y eso es el resultado de algo que tiene muchas cabezas, la principal: exigencia de pagos en efectivo (reducción hasta el absurdo del digital) y con billetes de alta denominación.

Como efecto dominó, dado el nacimiento distorsionado de las adquisiciones, el resto de la infraestructura comercial no estatal aplica sus medidas, y utilizan tantos pretextos que bien pudieran constituir tema para un voluminoso texto literario.

Cuando se acuden a las razones con esos mismos que dictan “directrices” en el mercado interno nacional, algo sobresale: “no tenemos financiamiento gubernamental para acceder a la divisa (dólar, fundamentalmente) y la tenemos que comprar en el mercado negro (informal) a como esté”.

Pero se impone una precisión: la disponibilidad de moneda dura en las arcas de la banca cubana, apenas permite cubrir algunos gastos, lo que imposibilita cualquier préstamo para que esas figuras comerciales puedan adquirir reaprovisionamientos.

La reticencia de muchos privados a honrar sus obligaciones con los tributos, imposibilita, primero, que haya efectivo en los bancos; y segundo, ellos  cortan casi de cuajo las posibilidades de contactos de mutuamente provechosos con los organismos financieros nacionales, para disponer de dinero físico en sus gestiones.

Sin embargo, en este tema del enorme costo atomizado en las últimas semanas de los productos, casi sin excepción, no puede pasar inadvertido un elemento: apenas se anunció el incremento salarial del área presupuestada de la masa laboral, “sospechosamente” se fueron elevando gradualmente las cifras a pagar por los artículos.

Es cierto que en el mundo, los alimentos han encarecido, y adicionalmente el estrangulamiento sin pausa del bloqueo norteamericano dificulta, virtualmente hasta la asfixia, empero hay elementos que apuntan hacia el deliberado objetivo de sacar las mejores tajadas monetarias.

Entonces, llegamos al punto que plasmamos en principio: el costo de los costos, tienen sus costos. Cuentas que afectan al consumidor, por un marcado apetito de lucro, dejan exhaustos los ingresos de millones de cubanos, en especial, los de menores ingresos.

Un callejón sin salida no es. Quizá todo fuera menos traumático, si se dispusiera de capital para abarrotar los mercados. Dolorosamente, la realidad muestra otro rostro. Y no el más atractivo.

De lo que se trata, en resumen, es buscar la complicidad positiva, y en ese camino se conduce ahora un ejercicio integral de supervisión, pues lo que se quiere es organizar, enmarcar dentro de la ley a esos que quieren intencionalmente saquear el modesto ingreso obrero.

Estos días de trabajo, reflejan infinidad de violaciones legales, las que han tenido el consecuente tratamiento acorde con lo establecido jurídicamente, incluso, se han aprovechado las inspecciones para explicar las deficiencias y las vías para su solución.

No es ya cerrar locales ni aplicar multas. Eso, en última instancia, no es lo deseado, porque se ha demostrado que es factible bajar precios, muchos de los cuales alcanzan niveles especulativos, incluso, por encima del 30 por ciento del margen establecido.

Algunos optaron por cerrar sus puertas, bajo el supuesto de esperar a que concluya el trabajo iniciado. Seguramente no faltarán las medidas contra los que pretenden burlarse con esta “estrategia” equivocada.

El país no busca bloquear. Busca que se entienda, de una vez y por todas, que una cosa es ganar, y otra es lucrar, sobre la base de las necesidades colectivas.

La mezquindad y la pobreza espiritual no pueden encontrar bases sustentables en una nación como Cuba.

Quizá ahora no se logre el salto esperado. Pudiera ser. No obstante, no es una batalla de un día, ni de un mes. Lleva persistencia, lleva paciencia.

Bajo ningún concepto se permitirá que algo, por muy simple que parezca, y no es el caso, siga hostigando al pueblo sin tener las respuestas indicadas.

(Tomado de Radio Cadena Agramonte)

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