Abr, 2026.- Las bombas no llevan nombres, solo silencian vidas sin preguntar quiénes somos. Está frase la encontré en la red social Facebook, al leerla la sentí como un eco universal que atraviesa fronteras y memorias colectivas, como el eco que nos recuerda algo muy importante: la guerra nunca distingue entre inocentes y culpables.
En cada misil enviado a la tierra se apaga una historia, se mutila un futuro, se quiebra la esperanza de pueblos enteros, y es que la violencia bélica no reconoce nacionalidades ni credos; su saldo es siempre el mismo: muerte, dolor y desarraigo.
Hoy, cuando se alzan voces que alertan sobre la posibilidad de un conflicto entre Estados Unidos y Cuba, la reflexión se vuelve urgente.
La experiencia acumulada en miles de leyendas reales enseña que las guerras no resuelven diferencias, solo las profundizan. Ninguna población merece ser condenada a la devastación por intereses ajenos a su voluntad.
El llamado es claro y necesario ¡NO A LA GUERRA! así en mayúscula ¡ NO A LA IMPOSICIÓN DE LA FUERZA SOBRE LA RAZÓN! que esta máxima, también destaque en mi escrito. No a la repetición de un ciclo que solo deja ruinas. La paz, aunque frágil, es el único camino que garantiza la vida y la dignidad de las naciones.
La palabra, el diálogo y la solidaridad deben ser las armas en estos y todos los tiempos.
Tengamos siempre presente que: las bombas no preguntan quiénes somos, pero nosotros sí podemos decidir qué futuro queremos construir. (Foto tomada de FacebooK)
